Pocas cosas me gustan más que
ver a mis alumnos escribir sabiendo que alguien está esperando leer lo que han
creado.
A partir de una de sus propias escrituras
creativas, mis chatis han transformado sus textos en cuentos dirigidos a sus
hermanados de 4 años. Un reto que les ha llevado a adaptar sus historias a
lectores más pequeños y a convertir sus ideas en auténticos cuentos infantiles
con entre 2 y 5 escenas y, al menos, dos elementos pop-up.
El resultado ha sido
maravilloso. Han sido escritores, ilustradores y diseñadores de sus propias
historias. Han cuidado la ortografía, la caligrafía en mayúsculas, los dibujos,
los mecanismos desplegables y cada pequeño detalle con un mimo increíble. Porque
sabían que aquellos cuentos tenían unos destinatarios muy especiales.
La experiencia culminó con la visita a Infantil.
Allí, cada alumno y alumna de quinto compartió un ratito de lectura con su
hermanado, leyó su cuento, respondió a sus preguntas y disfrutó viendo cómo sus
historias despertaban sonrisas, curiosidad e ilusión.
Fue emocionante observar la paciencia, la
responsabilidad y el cariño con los que asumieron su papel de cuentacuentos. Y
aún más bonito ver a los pequeños esperando sus cuentos con ilusión y
guardándolos después en sus mochilas como un auténtico tesoro.
Gracias a mis compañeras de Infantil por abrir
siempre las puertas de sus aulas y hacer posibles estos pequeños encuentros que
unen, enriquecen y dan sentido a muchas de las experiencias que vivimos en el
colegio.
Una vez más, mis chatis me han demostrado que
escribir no consiste solo en redactar correctamente. Es comunicar, compartir,
emocionar y descubrir que nuestras palabras pueden convertirse en un regalo
para los demás.
Y pocas recompensas hay más grandes que
esa.




