Este blog nace de la ilusión, del esfuerzo, de las ganas de aprender, del deseo de compartir ideas, y por supuesto, del trabajo diario con mis alumnos.
Va dirigido principalmente a maestros de primaria, pero también a los alumnos en general y a mis "chatis" en particular.
En este blog presento cómo desarrollo en el aula la animación a la lectura y la expresión escrita, fundamentales para fomentar la imaginación y creatividad de los alumnos, pero también para impulsar su capacidad de reflexión, su libertad de pensamiento, y el fortalecimiento de su escala de valores y emociones.
Asi mísmo presentamos y aprendemos aspectos de cultura general que enriquecen su formación académica y personal.
Espero que disfrutéis con él.

jueves, 4 de junio de 2026

Cartas de una reina que la historia no supo escuchar

Hoy recupero una experiencia que vivimos el pasado mes de marzo y que merece tener un lugar en La sonrisa de las letras.

La Trovadora de la Historia nos visitó y el aula volvió a llenarse de ese silencio tan especial que solo aparece cuando una historia ha sido realmente escuchada. Porque cuando ella llega, no venimos a estudiar el pasado… venimos a sentirlo.

La Trovadora de la Historia nos acercó a la vida de Juana I de Castilla. Una reina marcada por uno de los sobrenombres más crueles que se le puede dar a una persona. Una mujer que sufrió. Una historia que, quizá, no siempre ha sido contada con justicia.

No buscaba respuestas exactas. Buscaba algo mucho más importante: empatizar. Intentar comprender sin juzgar. Entender que no podemos mirar el pasado con los ojos del presente, pero sí podemos acercarnos a él desde la emoción para darle sentido.

Y entonces ocurrió. En clase apareció una máquina del tiempo.

Y con ella, una misión muy clara: escribir la única carta que Juana pudo esconder en su cautiverio, aquella que nadie consiguió arrebatarle.

Mis chatis se metieron en su piel. Escribieron quién era, por qué decían —y quién decía— que estaba loca, cómo la hicieron sentir. Y, sobre todo, contaron su verdad, con la esperanza de que, en algún momento del futuro, alguien la leyera y le devolviera el lugar que merece en la historia.

Las palabras empezaron a brotar despacio, pero con fuerza. Desde el corazón, desde la empatía, desde un respeto profundo. Y no viajaron solas. También enviaron a Rigoberto, una de nuestras mascotas de clase, para acompañar a su hija Catalina con un mensaje lleno de cariño.

Lo que surgió de esta experiencia es difícil de explicar: cartas llenas de emoción, sensibilidad, imaginación… pero también de justicia. Porque, por un momento, dejaron de escribir como alumnos y empezaron a hacerlo como la voz de alguien que necesitaba ser escuchada.

Y ahí está la magia. No solo practicaron la escritura. Aprendieron a mirar, a sentir, a ponerse en el lugar del otro.






Y ahí parecía terminar la historia. Pero no fue así. Dos días después llegó a clase una noticia que nos dejó completamente en silencio.

En un parque de Tordesillas, justo en el lugar donde hace siglos se levantaba el castillo en el que Juana pasó 46 años encerrada, había aparecido un cofre oculto. Un cofre sellado, olvidado durante siglos, que parecía haber estado esperando a ser encontrado.

En su interior había varias cartas. Cartas en las que una reina negaba su locura, explicaba su verdad y dejaba por escrito aquello que durante tanto tiempo no pudo decir. Y entonces ocurrió algo difícil de explicar. Poco a poco empezaron a entenderlo. Aquel cofre no era cualquiera. Era nuestra máquina del tiempo.

Aquella que días antes habíamos activado en clase para enviar al pasado las cartas que mis chatis habían escrito con todo el respeto y la emoción del mundo.

De alguna manera, habían vuelto. Habían pasado más de quinientos años, pero allí estaban sus palabras. Su voz. Su historia. Esperando a ser leída.

Más allá de la escritura, lo que vivimos aquellos días fue una auténtica lección de empatía. Una oportunidad para aprender a mirar sin juzgar y para descubrir el valor que tienen las palabras cuando nacen desde el respeto.

No cambiamos el pasado. Pero hicimos algo igual de importante. Escuchamos. Y cuando una voz que ha permanecido silenciada durante tanto tiempo vuelve a escucharse, algo dentro cambia.

Por eso me gusta recordar experiencias como esta. Porque la historia no son solo fechas, nombres o acontecimientos. Son personas. Personas que sintieron, sufrieron, soñaron y tomaron decisiones.

No sé si aquellas cartas llegaron realmente a Juana. Pero sí sé que su historia llegó a mis alumnos.

Y cuando los niños sienten la historia… ya nunca la olvidan.