Esta semana celebramos San Valentín viajando al
siglo XVI. En la pantalla apareció su nombre: Garcilaso de la Vega, “príncipe
de los poetas”. Hablamos de su vida, de su faceta de soldado, de su lealtad al
emperador, de su pasión por la poesía… y de ese amor que atravesó su obra como
un hilo invisible: Isabel Freire, su amor platónico, su inspiración constante.
Pero no podía contarles todo eso sin más. Así
que, como cada año, me disfracé, afiné la voz y entré en clase convertida en
trovadora. Porque hay historias que no se explican: se interpretan. Y cuando la
literatura se vive, se queda.
Descubrimos que Garcilaso empuñaba la espada en
el campo de batalla, pero que su arma más poderosa era la palabra. Que la pluma
también puede ser acero cuando lo que se defiende es un sentimiento. Y entonces
les lancé el reto: ponerse en la piel de Garcilaso y escribir un poema a Isabel
Freire.
No lo hicieron en folios. Lo hicieron en espadas
de cartulina porque, el pasado viernes, la pluma fue su espada. Entre colores,
empuñaduras y hojas afiladas de papel, mis niños y niñas entendieron que amar
también es admirar, cuidar, respetar y soñar.
Gracias, mis valientes trovadores y trovadoras, por empuñar la palabra con tanta verdad. Gracias por demostrar que, incluso siglos después, Garcilaso sigue estando vivo gracias. Que nunca olvidéis que vuestra mejor arma será siempre lo que sois capaces de escribir.





