Esta semana entraron en clase lobos burlones, ratones valientes, jirafas despistadas, hormigas sabias, dragones vanidosos, caballos ingeniosos, tiburones confiados y hasta pequeños hámsters un poco egoístas. La propuesta era clara: escribir una fábula.
Antes de lanzarnos a inventar, expliqué a mis
niños y niñas qué es una fábula, sus características y les di una serie de
indicaciones para que crearan ellos y ellas la suya. Surgieron así historias
donde no hay que subestimar a quien parece pequeño, donde la inteligencia vence
a la arrogancia, donde reírse de los demás tiene consecuencias, donde la
amistad protege, donde los consejos sabios merecen ser escuchados o donde
aprender a ser generoso cambia el final del cuento, entre otras muchas
moralejas.
Cada fábula tiene su voz, su ritmo, su enseñanza. No son solo historias de animales; son pequeños espejos donde asoman valores enormes. Cuando un niño o una niña es capaz de inventar una moraleja, está dando un paso gigante en su forma de mirar la vida.
Gracias, mis “chatis”, por atreveros a pensar, a imaginar y a sacar conclusiones propias. Cada fábula que escribís demuestra que no solo sabéis inventar personajes, sino también reflexionar, cuestionar y crecer. Seguid así.



















