


Técnicas y estrategias para la animación a la escritura y lectura
Pocas cosas me gustan más que ver a mis alumnos escribir sabiendo que alguien está esperando leer lo que han creado.
A partir de una de sus propias escrituras creativas, mis chatis han transformado sus textos en cuentos dirigidos a sus hermanados de 4 años. Un reto que les ha llevado a adaptar sus historias a lectores más pequeños y a convertir sus ideas en auténticos cuentos infantiles con entre 2 y 5 escenas y, al menos, dos elementos pop-up.
El resultado ha sido maravilloso. Han sido escritores, ilustradores y diseñadores de sus propias historias. Han cuidado la ortografía, la caligrafía en mayúsculas, los dibujos, los mecanismos desplegables y cada pequeño detalle con un mimo increíble. Porque sabían que aquellos cuentos tenían unos destinatarios muy especiales.
La experiencia culminó con la visita a Infantil. Allí, cada alumno y alumna de quinto compartió un ratito de lectura con su hermanado, leyó su cuento, respondió a sus preguntas y disfrutó viendo cómo sus historias despertaban sonrisas, curiosidad e ilusión.
Fue emocionante observar la paciencia, la responsabilidad y el cariño con los que asumieron su papel de cuentacuentos. Y aún más bonito ver a los pequeños esperando sus cuentos con ilusión y guardándolos después en sus mochilas como un auténtico tesoro.
Gracias a mis compañeras de Infantil por abrir siempre las puertas de sus aulas y hacer posibles estos pequeños encuentros que unen, enriquecen y dan sentido a muchas de las experiencias que vivimos en el colegio.
Una vez más, mis chatis me han demostrado que escribir no consiste solo en redactar correctamente. Es comunicar, compartir, emocionar y descubrir que nuestras palabras pueden convertirse en un regalo para los demás.
Y pocas recompensas hay más grandes que esa.
Hoy recupero una experiencia que vivimos el pasado mes de marzo y que merece tener un lugar en La sonrisa de las letras.
La Trovadora de la Historia nos visitó y el aula volvió a llenarse de ese silencio tan especial que solo aparece cuando una historia ha sido realmente escuchada. Porque cuando ella llega, no venimos a estudiar el pasado… venimos a sentirlo.
La Trovadora de la Historia nos acercó a la vida de Juana I de Castilla. Una reina marcada por uno de los sobrenombres más crueles que se le puede dar a una persona. Una mujer que sufrió. Una historia que, quizá, no siempre ha sido contada con justicia.
No buscaba
respuestas exactas. Buscaba algo mucho más importante: empatizar. Intentar
comprender sin juzgar. Entender que no podemos mirar el pasado con los ojos del
presente, pero sí podemos acercarnos a él desde la emoción para darle sentido.
Y entonces ocurrió. En clase apareció una máquina del tiempo.
Y con ella,
una misión muy clara: escribir la única carta que Juana pudo esconder en su
cautiverio, aquella que nadie consiguió arrebatarle.
Mis chatis
se metieron en su piel. Escribieron quién era, por qué decían —y quién decía—
que estaba loca, cómo la hicieron sentir. Y, sobre todo, contaron su verdad,
con la esperanza de que, en algún momento del futuro, alguien la leyera y le
devolviera el lugar que merece en la historia.
Las palabras empezaron a brotar despacio, pero con fuerza. Desde el corazón, desde la empatía, desde un respeto profundo. Y no viajaron solas. También enviaron a Rigoberto, una de nuestras mascotas de clase, para acompañar a su hija Catalina con un mensaje lleno de cariño.
Lo que surgió de esta experiencia es difícil de explicar: cartas llenas de emoción, sensibilidad, imaginación… pero también de justicia. Porque, por un momento, dejaron de escribir como alumnos y empezaron a hacerlo como la voz de alguien que necesitaba ser escuchada.
Y ahí está la magia. No solo practicaron la escritura. Aprendieron a mirar, a sentir, a ponerse en el lugar del otro.


Y ahí parecía terminar la historia. Pero no fue así. Dos días después llegó a clase una noticia que nos dejó completamente en silencio.
En un parque de Tordesillas, justo en el lugar donde
hace siglos se levantaba el castillo en el que Juana pasó 46 años encerrada,
había aparecido un cofre oculto. Un cofre sellado, olvidado durante siglos, que
parecía haber estado esperando a ser encontrado.
En su interior había varias cartas. Cartas en las que una reina negaba su locura, explicaba su verdad y dejaba por escrito aquello que durante tanto tiempo no pudo decir. Y entonces ocurrió algo difícil de explicar. Poco a poco empezaron a entenderlo. Aquel cofre no era cualquiera. Era nuestra máquina del tiempo.
Aquella que días antes habíamos activado en clase para
enviar al pasado las cartas que mis chatis habían escrito con todo el respeto y
la emoción del mundo.
De alguna manera, habían vuelto. Habían pasado más de quinientos años, pero allí estaban sus palabras. Su voz. Su historia. Esperando a ser leída.
Más allá de la escritura, lo que vivimos aquellos días
fue una auténtica lección de empatía. Una oportunidad para aprender a mirar sin
juzgar y para descubrir el valor que tienen las palabras cuando nacen desde el
respeto.
No cambiamos el pasado. Pero hicimos algo igual de importante. Escuchamos. Y cuando una voz que ha permanecido silenciada durante tanto tiempo vuelve a escucharse, algo dentro cambia.
Por eso me gusta recordar experiencias como esta. Porque la historia no son solo fechas, nombres o acontecimientos. Son personas. Personas que sintieron, sufrieron, soñaron y tomaron decisiones.
No sé si aquellas cartas llegaron realmente a Juana. Pero sí sé que su historia llegó a mis alumnos.
Y cuando los niños sienten la historia… ya nunca la olvidan.
Esta semana en clase las camisetas han cobrado vida. Sí porque... ¡hablan, sienten, viajan y hasta tienen secretos! Y todo gracias al título que les propuse a mis niños y niñas: “Diario de una camiseta”.
A partir de ahí, las prendas dejaron de ser simples trozos de tela para convertirse en auténticas protagonistas de historias llenas de aventuras, emociones y momentos cotidianos vistos desde un punto de vista de lo más original.
Han aparecido camisetas recién estrenadas que estaban nerviosas por conocer a sus nuevos dueños, otras orgullosas de ser las favoritas del armario y algunas un poco celosas de las camisetas “más bonitas”. También hemos conocido camisetas deportistas que iban a las olimpiadas del cole, camisetas de Pokémon, o de grandes futbolistas, otras que acababan llenas de tomate, chocolate o sudor… y hasta camisetas que descubrían que la lavadora podía convertirse en una auténtica atracción de feria.
Muchas de ellas hablaban con calcetines, pantalones y sudaderas dentro del armario, otras vivían aventuras en el colegio, en cumpleaños, parques de bolas o partidos de fútbol, y algunas incluso acababan defendidas por los amigos de sus dueños cuando alguien se metía con ellas. Porque en sus historias todo tiene vida… ¡hasta la ropa sucia!
Y como siempre, la creatividad no se quedó solo en las redacciones. Han creado camisetas de todos los estilos: deportivas, elegantes, gigantes, diminutas, con dibujos, nombres, colores llamativos y diseños llenos de personalidad. Algunos incluso construyeron camisetas en relieve y portadas que parecían auténticos libros.
Os dejo a continuación una pequeña muestra de sus redacciones y dibujos. Espero que disfrutéis leyendo estas ocurrencias tanto como yo he disfrutado descubriendo cada diario, cada aventura y cada camiseta con personalidad propia.
A mis “chatis”, gracias por seguir llenando la clase de creatividad, risas e historias imposibles… porque con vuestra imaginación hasta la ropa tiene mucho que contar.



