


Técnicas y estrategias para la animación a la escritura y lectura
Esta semana celebramos San Valentín viajando al
siglo XVI. En la pantalla apareció su nombre: Garcilaso de la Vega, “príncipe
de los poetas”. Hablamos de su vida, de su faceta de soldado, de su lealtad al
emperador, de su pasión por la poesía… y de ese amor que atravesó su obra como
un hilo invisible: Isabel Freire, su amor platónico, su inspiración constante.
Pero no podía contarles todo eso sin más. Así
que, como cada año, me disfracé, afiné la voz y entré en clase convertida en
trovadora. Porque hay historias que no se explican: se interpretan. Y cuando la
literatura se vive, se queda.
Descubrimos que Garcilaso empuñaba la espada en
el campo de batalla, pero que su arma más poderosa era la palabra. Que la pluma
también puede ser acero cuando lo que se defiende es un sentimiento. Y entonces
les lancé el reto: ponerse en la piel de Garcilaso y escribir un poema a Isabel
Freire.
No lo hicieron en folios. Lo hicieron en espadas
de cartulina porque, el pasado viernes, la pluma fue su espada. Entre colores,
empuñaduras y hojas afiladas de papel, mis niños y niñas entendieron que amar
también es admirar, cuidar, respetar y soñar.
Gracias, mis valientes trovadores y trovadoras, por empuñar la palabra con tanta verdad. Gracias por demostrar que, incluso siglos después, Garcilaso sigue estando vivo gracias. Que nunca olvidéis que vuestra mejor arma será siempre lo que sois capaces de escribir.

Esta semana entraron en clase lobos burlones, ratones valientes, jirafas despistadas, hormigas sabias, dragones vanidosos, caballos ingeniosos, tiburones confiados y hasta pequeños hámsters un poco egoístas. La propuesta era clara: escribir una fábula.
Antes de lanzarnos a inventar, expliqué a mis
niños y niñas qué es una fábula, sus características y les di una serie de
indicaciones para que crearan ellos y ellas la suya. Surgieron así historias
donde no hay que subestimar a quien parece pequeño, donde la inteligencia vence
a la arrogancia, donde reírse de los demás tiene consecuencias, donde la
amistad protege, donde los consejos sabios merecen ser escuchados o donde
aprender a ser generoso cambia el final del cuento, entre otras muchas
moralejas.
Cada fábula tiene su voz, su ritmo, su enseñanza. No son solo historias de animales; son pequeños espejos donde asoman valores enormes. Cuando un niño o una niña es capaz de inventar una moraleja, está dando un paso gigante en su forma de mirar la vida.
Gracias, mis “chatis”, por atreveros a pensar, a imaginar y a sacar conclusiones propias. Cada fábula que escribís demuestra que no solo sabéis inventar personajes, sino también reflexionar, cuestionar y crecer. Seguid así.











Hay días en los que la imaginación decide hacer
una visita inesperada. Esta semana no entró por la puerta principal ni pidió
permiso en conserjería: llegó volando.
Y no era un pájaro, ni un avión… era un elefante.
Este fue el título
que propuse a mis niños y niñas: El día que un elefante volador entró en mi
colegio. A partir de ahí, mis “chatis” abrieron la ventana de su cabeza y
dejaron pasar lo que quisiera: elefantes bebés con alas, elefantes que
hablaban, que escribían en la pizarra, que venían de la sabana, de Hogwarts o
del baño del cole, que tenían nombres imposibles, familias sorprendentes y
sueños muy claros.
Algunos elefantes
aterrizaron en el techo, otros rompieron ventanas, otros se colaron en clase de
Educación Física o se quedaron a vivir con nosotros. Hubo elefantes mágicos,
tranquilos, asustados, juguetones, viajeros… y todos, absolutamente todos,
tenían algo en común: habían nacido de la
imaginación libre de quien escribe sin miedo.
Junto a las palabras
llegaron los dibujos y las manualidades. Trompas largas, orejas enormes, alas
de colores, globos, gorros mágicos y hasta elefantes que vuelan sujetando
sueños.
Aquí os dejo una
pequeña muestra de este viaje creativo. No es solo una colección de redacciones;
es la prueba de que cuando se les da un título y confianza, los niños y niñas son capaces de crear mundos enteros.
Gracias, elefantes voladores, por entrar en nuestro colegio y por recordarnos que la imaginación siempre encuentra la forma de despegar.


