Hace unos días, La Trovadora de la Historia volvió a visitar nuestra aula. Y, como siempre ocurre cuando ella llega, la historia dejó de ser una colección de fechas y nombres para convertirse en una historia llena de personas, emociones y preguntas.
En esta ocasión nos acercó a la figura de Carlos II. Un rey al que la historia ha recordado por sus enfermedades y por un sobrenombre que durante mucho tiempo pareció definir toda su vida. Sin embargo, cuanto más conocíamos su historia, más difícil resultaba verlo únicamente como un rey. Detrás de la corona descubrimos a un niño que nunca eligió gobernar, que convivió con numerosos problemas de salud y que tuvo que soportar responsabilidades y expectativas desde muy pequeño.
Por eso propuse a mis chatis un reto muy especial: escribir una carta secreta como si fueran Carlos II. Pero había una condición. Todas debían comenzar exactamente igual: "No, yo no quiero ser rey."
Para escribir esa renuncia tuvieron que ponerse en su lugar, imaginar cómo podía sentirse alguien que había pasado toda su vida enfermo, observado y juzgado por los demás. Tuvieron que pensar qué echaría de menos, qué soñaría y qué vida habría elegido si hubiera podido decidir por sí mismo.
Las cartas se llenaron de soledad, cansancio, incomprensión y deseos sencillos como la amistad, la libertad o la necesidad de sentirse escuchado. Porque, durante un rato, dejaron de escribir sobre Carlos II para intentar comprender a Carlos.
Y quizá ahí estuvo el verdadero aprendizaje. Porque no escribieron sobre Carlos II. Escucharon a Carlos.









