Érase una vez un aula llena de niños y niñas con ganas de contar el mundo a su manera. Palabras que se tejieron entre risas, silencios, dudas, y esa magia tan suya que solo ellos saben poner sobre el papel. Así nace un anuario que no es solo un libro: es memoria viva, testigo y herencia.
Cada página recoge lo mejor de un curso lleno de creatividad, de descubrimientos, de historias que brotaron desde lo más profundo de su imaginación y que ahora quedarán para siempre en mi biblioteca de aula. Este anuario no es un final, es un puente tendido hacia las futuras generaciones de chatis, que podrán inspirarse, emocionarse y seguir alimentando el fuego de la escritura.
Porque lo que escriben los niños son semillas, y este libro está lleno de ellas. Semillas que crecerán en otros ojos, en otros corazones, en otras manos que también querrán escribir.
Mientras este libro se lea, se recuerde, se comente y se comparta, nunca morirá. Mientras uno solo de mis chatis lo mencione con cariño, seguirá latiendo. Mientras haya letras, habrá Sonrisa.
Qué regalo tan hermoso me han hecho. Qué suerte haberles acompañado en este viaje. Y qué alegría tan honda poder cerrar el curso con este reconocimiento que lleva sus nombres escritos en cada página, en cada palabra, en cada letra.
A mis chatis, mil gracias.



